SIN ACUERDO DE ORMUZ, HAY PELIGRO DE UNA CRISIS MUNDIAL

Publicado en La Silla Vacía el 1 de mayo del 2026

Después de casi dos semanas de bloqueo marítimo de Estados Unidos sobre Irán y de que Donald Trump decidiera extender, de manera sorpresiva, el cese al fuego entre Teherán y Washington, la guerra en Medio Oriente vuelve a poner a la economía global al filo del abismo.

Las negociaciones entre las partes, que iniciaron con conversaciones en Omán y ahora se trasladaron a Pakistán, en su capital Islamabad, aún no han dado frutos. Según un reportaje en Bloomberg, representantes del gobierno de Irán han decidido no asistir a la nueva ronda de negociaciones en Pakistán, aduciendo lo que calificaron como exigencias irrazonables por parte de Washington. Según Tasnim, agencia semioficial iraní, por ahora no existe perspectiva alguna de que Irán se siente a negociar. Esto es preocupante, si se tiene en cuenta que, según declaraciones de Donald Trump, el problema de las negociaciones ha sido una estructura de liderazgo iraní seriamente fracturada. Según los negociadores de Estados Unidos, el régimen iraní se ha mostrado reacios a aceptar límites en su programa nuclear, lo que ha ralentizado las negociaciones. Ahora, aunque la continuación del cese al fuego puede tranquilizar, temporalmente, a los ciudadanos y a los mercados, el camino hacia un acuerdo duradero que ponga fin a la guerra sigue siendo incierto.

Mientras tanto, el conflicto, que ya entra en su octava semana, no solo ha dejado miles de muertos, sino que ha desencadenado una crisis energética global. Aunado a esto, el hecho de que la tensión en el estrecho de Ormuz pueda también causar una crisis alimentaria, pues entre el 20% y el 30% del comercio mundial de fertilizantes, según la Oficina de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO) pasa por esta arteria económica mundial, al igual que una de microchips, pues cerca de un tercio del suministro global de helio, insumo indispensable para la fabricación de semiconductores, pasa por el estrecho han aumentado la presión de ambos países para encontrar una salida negociada al conflicto.

No obstante, aunque la presión es alta, Teherán parece considerar que el tiempo está de su lado. Estados Unidos, previo al conflicto y a su inicio, se encargó de alejar a sus aliados, haciendo así más difícil que estos estén dispuestos, no solo a apoyar a Washington en sus demandas y presión al régimen, sino a asumir el costo económico que implica el bloque marítimo del estrecho. Esto es fundamental si se tiene en cuenta que, recientemente, el Pentágono informó que interceptó y abordó un barco petrolero sancionado, como parte de su campaña para desarticular la red marítima de Irán. Esta acción es la primera intervención de este tipo desde que se impuso el bloqueo liderado por Washington hace más de una semana. De esta manera, es probable que, con las negociaciones frenadas y la interdicción de barcos por el estrecho por parte de Washington, la situación en Ormuz no solo se demore en solucionar, sino que requiera un cambio de enfoque y la creación de un protocolo para garantizar el flujo marítimo por esta arteria económica, incluso en tiempos de guerra.

Una apuesta maximalista que no se cumplió

Como señaló Ravi Agrawal en Foreign Policy, el fracaso estadounidense en Irán tiene raíces claras. Trump entró a la guerra con objetivos maximalistas: un cambio de régimen, el desmantelamiento de la capacidad de misiles iraní, la neutralización de grupos aliados como Hezbollah y la eliminación definitiva del programa nuclear de Teherán. Ninguno se ha cumplido. Si bien varios líderes del régimen fueron abatidos —entre ellos el ayatola Jamenei—, la República Islámica ha mutado y sobrevivido. Hoy, según expertos, el hijo de Jamenei, Alí, encabeza nominalmente el régimen, pero el poder real recae en una Guardia Revolucionaria profundamente fracturada. La ausencia de una cadena de mando previsible vuelve la situación aún más volátil e impredecible: las decisiones militares y diplomáticas iraníes responden hoy menos a un gobierno central que a la lógica de facciones con intereses diversos dentro de la guardia revolucionaria.

A esta inestabilidad se suma una amenaza nuclear latente. Irán conserva alrededor de 400 kilogramos de uranio altamente enriquecido (alrededor del 6%) —suficiente para fabricar cerca de diez bombas— enterrados en instalaciones dispersas. Trump exige que Teherán entregue ese “polvo nuclear”, pero Irán solo está dispuesto a negociar a cambio de un alivio significativo de las sanciones. Mientras tanto, el incentivo perverso de avanzar hacia la bomba como mecanismo de disuasión frente a futuros ataques de Washington —o de cualquier otro rival— ha crecido de manera alarmante. Si ese cálculo se materializa, el mundo podría enfrentarse a una proliferación nuclear regional de consecuencias impredecibles: Arabia Saudita, Turquía y los Emiratos ya han insinuado que no aceptarían un vecino nuclear sin reaccionar.

La factura política doméstica

El conflicto también está pasando una cuenta costosa al interior de Estados Unidos, en particular de cara a las elecciones de mitad de período. La aprobación de Trump cayó a 37% en la encuesta de NBC News Decision Desk —el punto más bajo de su segundo mandato—, con un 63% de desaprobación, del cual la mitad desaprueba “fuertemente”. YouGov/The Economist lo ubica en 35% y Fox News registra la mayor desaprobación jamás medida para el presidente en cualquiera de sus dos mandatos: 59%. Dos de cada tres estadounidenses desaprueban su manejo de la guerra con Irán, y el breve alto el fuego del 7 de abril no movió la aguja. Aún más significativo: el respaldo republicano, que suele ser férreo, cayó cuatro puntos desde principios de año. Legisladores como Nancy Mace, que se juega la reelección en Carolina del Sur, ya declararon públicamente que no apoyarán ninguna medida que implique el despliegue de tropas terrestres en Irán.

La fractura con los aliados

Las tensiones con los aliados no son nuevas, pero la guerra las ha agravado de manera significativa. El 31 de marzo, mientras varios miembros de la Otan presentaban reservas —o se negaban de plano— a que Washington usara sus bases para lanzar ataques sobre Irán, Trump respondió afirmando que los europeos deberían aprender a defenderse solos. A ello se suman las amenazas sobre Groenlandia, los aranceles impuestos a la Unión Europea y un clima de desconfianza que ha llevado al propio secretario general de la Otan, Mark Rutte, a cuestionaren privado la viabilidad de la alianza. Las dudas sobre el artículo 5 —la cláusula de defensa colectiva que ha sido la piedra angular de la seguridad occidental desde 1949— nunca habían sido tan profundas. Y aunque el próximo presidente estadounidense podría intentar reconstruir esa confianza, el daño ya está hecho: en política exterior, la credibilidad, una vez perdida, se recupera con dificultad. Tampoco existe garantía alguna de que el sucesor de Trump quiera restaurar las alianzas de Washington; la tentación aislacionista atraviesa hoy, con matices distintos, a buena parte del Partido Republicano y a un segmento no menor del Demócrata.

El choque económico global

El impacto económico del conflicto es igualmente grave. En las dos semanas posteriores al bloqueo, el Brent ha oscilado con violencia: saltó a 102 dólares el barril tras el anuncio de Trump, cayó a menos de 90 cuando Araghchi anunció la reapertura y repuntó a 95 dólares el pasado lunes 20 de abril, tras el nuevo cierre. El petróleo acumula una subida cercana al 40% desde el inicio de la guerra. Paralelamente, el combustible de aviación se ha encarecido un 120% en lo corrido del año, y el gas natural licuado un 70% solo en abril. Estas alzas responden no únicamente al bloqueo —por donde transita cerca del 20% del petróleo y del gas mundial— sino también al ataque iraní con misiles contra un campo gasífero en Qatar. Pero las consecuencias van más allá de la energía: por Ormuz pasa cerca de un tercio del suministro global de helio, insumo indispensable para la fabricación de semiconductores, y entre el 20% y el 30% del comercio mundial de fertilizantes, según la Oficina de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Si el bloqueo se prolonga, el mundo podría enfrentar de manera simultánea una crisis energética, una escasez de microchips —con efectos devastadores para economías como la de Taiwán— y una crisis alimentaria global. Irán lo sabe, y por eso considera que el tiempo es su mejor aliado.

Ormuz como juego de paciencia

La tarea que Trump se ha impuesto es titánica. Busca cortar el acceso de Irán a divisas y provocar una crisis económica interna, mientras simultáneamente contiene el impacto sobre los precios del petróleo, limita la escalada militar y gestiona la compleja diplomacia de un bloqueo que afecta el transporte marítimo de decenas de países. Si lo lograra, llegaría a la mesa en Pakistán en posición de fuerza. Pero el régimen iraní cree que ya ganó el primer pulso: sobrevivió la guerra, conservó su material nuclear y mantiene el control de Ormuz. Como advirtió Kevin Rowlands, exdirector del centro de análisis de la Armada Real británica, un bloqueo de las características que impuso Estados Unidos es un juego de largo aliento, y en ese terreno, Teherán tiene más experiencia —y posiblemente, mayor capacidad de ser paciente— que Washington.

Hacia una Convención de Ormuz

Frente a este escenario, el objetivo de garantizar el libre tránsito por el Estrecho de Ormuz no es solo deseable: es urgente. Como señalan Niall Ferguson, Richard Haass y Philip Zelikow en The Free Press, no se puede permitir que Irán convierta en vasallos a los siete Estados que bordean el Golfo Pérsico, la mayoría aliados de Washington. Por eso, es imperativo que los países comprometidos con el libre comercio marítimo impulsen la creación de una Convención de Ormuz. Ese instrumento no necesita inventarse desde cero: puede inspirarse en el Convenio de Montreux de 1936 —que regula los estrechos del Mar Negro y reconoce el principio de libertad de tránsito y navegación para todos los signatarios— y en el acuerdo que rige el Canal de Suez desde 1888, el cual establece que el canal estará siempre libre y abierto, en tiempos de guerra y de paz, a todo buque de comercio o de guerra, sin distinción de bandera. Ese marco se ha mantenido incluso después de que Egipto nacionalizara la empresa operadora del canal en 1956. Con Ormuz debe ocurrir algo similar.

Cualquier acuerdo que ponga fin a las hostilidades —sea el que emerja de Pakistán esta semana o uno posterior— debe incluir una hoja de ruta para estabilizar el tránsito por el estrecho. De lo contrario, un régimen autoritario habrá obtenido el control de una arteria económica global, sentando un precedente nefasto en derecho internacional y sentado las bases de una inestabilidad duradera en Medio Oriente. El problema, al final, no es solo qué pase con Ormuz en las próximas semanas; es qué regla quedará escrita para los próximos cincuenta años.

MARIO CARVAJAL CABAL

Consultor de Colombia Risk Analysis

Twitter:  @Mariocarvajal9C

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