LAS PURGAS MILITARES DE XI JINPING PONEN EN RIESGO A TAIWÁN
Publicado en La Silla Vacía el 14 de febrero del 2026
En las últimas semanas, Xi Jinping ha llevado a cabo nuevas purgas dentro de las fuerzas armadas chinas que, según varios observadores, no tienen precedentes recientes en magnitud ni en perfil de los afectados. El Ministerio de Defensa confirmó investigaciones contra dos de los oficiales más influyentes del estamento militar: Zhang Youxia y Liu Zhenli.
Zhang no era un mando más. El vicepresidente de la Comisión Militar Central —el órgano que comanda a las Fuerzas Armadas— era uno de los pocos oficiales con experiencia de combate real, veterano del conflicto sino-vietnamita, y una figura con autoridad dentro del Ejército Popular de Liberación (EPL). Había participado en purgas anteriores por corrupción e indisciplina. Pero esta vez, él fue el purgado.
Liu dirigía el Departamento de Estado Mayor Conjunto, responsable de coordinar operaciones, inteligencia y entrenamiento. Ambos compartían redes de influencia dentro de la cúpula castrense. Su caída apunta menos a un asunto disciplinario aislado y más a una reconfiguración del equilibrio interno de poder.
Algunos analistas sostienen que, tras la salida de otros altos mandos el año pasado, el peso político de Zhang había crecido demasiado. Era un general duro; alineado con Xi, pero no un subordinado incondicional. En un sistema que se ha vuelto cada vez más personalista, esa autonomía es un riesgo.
Estas purgas no son solo política interna militar. Se producen en un momento en el que China enfrenta un punto de inflexión estructural, y ese contexto es clave para entender por qué Taiwán vuelve al centro del tablero.
El augue de China no fue automático, fue una combinación histórica excepcional
Según Hal Brands y Michael Beckely, en su libro Danger Zone: The Coming Conflict with China, durante cuatro décadas China disfrutó de una alineación poco común de factores que se reforzaban mutuamente. No fue solo crecimiento: fue un ecosistema estratégico favorable.
Entorno geopolítico benigno. Tras el acercamiento entre Washington y Pekín en los años 70, China dejó de enfrentar una amenaza simultánea de Estados Unidos y la Unión Soviética. Ese cambio redujo presiones de seguridad, permitió disminuir el peso relativo del gasto militar y concentrar recursos en desarrollo. Además, facilitó su inserción en el sistema internacional: acceso a mercados, tecnología y capital. En términos más simples: China pudo priorizar crecimiento porque tenía un entorno geopolítico favorable a su ascenso económico y político.
Liderazgo reformista bajo Deng Xiaoping. Deng y sus asesores entendieron que el modelo maoísta de autarquía y movilización ideológica permanente era económicamente inviable. El giro fue pragmático: abrir espacio al mercado sin ceder el control político. Se crearon Zonas Económicas Especiales, se permitió inversión extranjera y se descentralizaron decisiones económicas. El resultado fue una explosión de productividad local, competencia y transferencia tecnológica.
Reformas institucionales que redujeron el riesgo político. Durante este periodo, el poder personalista se moderó. Se introdujeron límites de mandato, se fortaleció la tecnocracia y se incentivaron resultados económicos a nivel local. Esto tuvo un efecto crucial: redujo la incertidumbre para inversionistas extranjeros y actores domésticos. Eso le permitió a los empresarios obtener una semblanza de previsibilidad institucional que derivó en un incremento de la inversión.
El dividendo demográfico. China contó con una proporción extraordinaria de población en edad productiva frente a dependientes. En los años 2000 hubo cerca de diez trabajadores por cada adulto mayor, lo que implicó abundante y barata mano de obra, altos niveles de ahorro y presión limitada sobre gasto social.
Integración en la hiperglobalización. El ingreso de China a la economía mundial coincidió con la mayor expansión del comercio en la historia moderna. Con costos laborales bajos, mejoras logísticas y acceso a insumos y capital extranjero, China se convirtió en la “fábrica del mundo”. La transferencia de tecnología y know-how fue masiva. Cientos de millones salieron de la pobreza. El ascenso de China, por tanto, fue producto de una combinación excepcional de condiciones internas e internacionales que se reforzaron mutuamente —y que hoy se están erosionando al mismo tiempo.
Las ventajas se agotan y motivan el giro estructural
Demografía adversa. China pasó de tener un dividendo demográfico a una carga demográfica. En los años 2000 hubo alrededor de diez adultos en edad laboral por cada persona mayor de 65 años, una proporción inusualmente favorable. Una generación enorme entró en su etapa más productiva con relativamente pocas cargas de dependientes, una combinación que los demógrafos consideran responsable de una fracción significativa del bum económico. No obstante, para 2050, se estima que habrá apenas dos trabajadores por cada jubilado y cerca de un tercio de la población superará los 60 años. A finales de siglo, la población podría reducirse a la mitad de su tamaño actual, esto implica menor crecimiento, más gasto social y menor base tributaria.
Productividad en declive. El crecimiento económico y la productividad de China están disminuyendo. Mientras que entre 1980 y 2012 el PIB real creció en un promedio de 10%, entre 2013 y 2019 se desaceleró a casi el 7% y, en los años pospandémicos, ha oscilado en menos del 5%. Inclusive instituciones como el Fondo Monetario Internacional estiman que el crecimiento real del PIB de China podría llegar al 3% en el 2030. La productividad total de factores—insumo decisivo en la creación de riqueza— cayó en promedio 1,3% anual entre 2008 y 2019. En otras palabras, eso significa que China está teniendo que invertir cada vez más recursos para producir relativamente menos.
Entorno geopolítico más hostil. Actualmente, Pekín tiene disputas territoriales marítimas con Japón, Filipinas, Vietnam, Malasia, Brunéi y Taiwán. Su ascenso y posición cada vez más asertiva en términos militares y geoeconómicos han hecho que países como Australia decidan construir coaliciones para hacerle contrapeso a China, como por ejemplo el Aukus. Además, China ha emprendido un rearme militar sostenido y sin tregua, generando nerviosismo en la región. Según expertos, el gasto militar, ajustado por inflación, se multiplicó por diez entre 1990 y 2020. Estos nuevos recursos les han permitido a las fuerzas armadas de China desarrollar las capacidades —desde balísticos antibuques hasta submarinos de ataque de baja firma acústica— necesarias para disuadir a buques y aeronaves estadounidenses lejos del Pacífico occidental y dar a Pekín mayor margen de maniobra frente a Taiwán u otros adversarios cercanos.
Hoy China concentra más de la mitad del gasto militar de Asia y dispone de la mayor fuerza de misiles balísticos del mundo, la marina más grande por número de buques y uno de los sistemas integrados de defensa aérea más extensos. En resumen, China enfrenta un entorno externo más restrictivo justo cuando sus motores internos de crecimiento pierden fuerza. Esa combinación es la que suele empujar a las grandes potencias hacia decisiones más arriesgadas.
Concentración de poder
Desde el 2018, el Partido Comunista de China decidió eliminar el límite de dos periodos presidenciales para permitir que Xi Jinping se convirtiera en presidente de por vida. Esta decisión consolidó el poder que el primer mandatario venía acumulando y que, según expertos, no se ha visto desde que Mao lideraba el partido. Esta acumulación ha venido acompañada de purgas contra figuras, como los generales Zhang y Liu, que eran vistos como rivales o disentían con el líder. En un escenario geopolítico incierto, las tensiones con Taiwán y la ralentización económica de Pekín son preocupantes. Xi podría iniciar una guerra contra Taipéi que, no solo sigue siendo difícil de ganar, sino que traería consigo un costo económico y poblacional enorme.
Los sistemas de poder altamente centralizados tienden a generar menos información crítica y más confirmación de sesgos ideológicos y políticos. Y, en contextos de alta incertidumbre estratégica, esto aumenta el riesgo de errores de cálculo, especialmente cuando el liderazgo de potencias emergentes revisionistas perciben que su capacidad para modificar el orden internacional a su antojo se está cerrando. De esta manera, el problema no es que China esté débil, sino que sigue siendo lo suficientemente fuerte para actuar, pero cada vez menos segura de su trayectoria futura. Históricamente, esa combinación —poder acumulado y horizonte que se estrecha— ha sido una de las más inestables en la política internacional.
MARIO CARVAJAL CABAL
Consultor de Colombia Risk Analysis
Twitter: @Mariocarvajal9C