CHINA VA PERDIENDO EN EL ORDEN GLOBAL POR SU DEPENDENCIA ENERGÉTICA

Publicado en La Silla Vacía el 27 de enero del 2026

Las recientes acciones de Estados Unidos—su política hacia Venezuela, el respaldo tácito a las protestas en Irán y sus declaraciones sobre Groenlandia—revelan no solo la velocidad con la que está cambiando el entorno internacional, sino también el papel central que la soberanía energética ocupa en la actual confrontación estratégica entre Washington y Pekín. Este factor se ha convertido en uno de los pilares más sensibles para el proyecto de “revitalización nacional” de Xi Jinping y, por lo tanto, en un punto vulnerable que Estados Unidos está buscando presionar.

Desde por lo menos 2022, Xi ha puesto este tema en el centro de su narrativa. En su informe al XX Congreso del Partido Comunista advirtió que China entraba en una era de “vientos fuertes y oleajes tempestuosos” que podrían comprometer sus ambiciones como potencia global. En ese mismo discurso, llamó a sus funcionarios a “mantener un sentido de crisis” y prepararse para tiempos difíciles. La seguridad energética ocupó un lugar destacado: entre 2013 y 2024, Xi mencionó esta preocupación en al menos 180 discursos y actividades oficiales. Tras la invasión rusa a Ucrania, la definió abiertamente como una vulnerabilidad estratégica.

La preocupación es comprensible. Primero, la demanda de energía en China se ha disparado, principalmente por el crecimiento de su industria manufacturera. En 1980, cuando China empezó a reformar y abrir su economía, su consumo era menos de un cuarto del consumo energético en Estados Unidos. Para el 2008, Pekín superó a Washington como el mayor consumidor de energía a nivel global y para el 2024 el gigante asiático ya consumía más energía que Estados Unidos, la Unión Europea y Japón juntos. En el 2022, solo el sector manufacturero consumió aproximadamente 90 exajoules de energía, equivalente al 57% del consumo total del país y comparable al consumo total energético en Estados Unidos y casi al 15% del consumo global de energía en ese año. 

Segundo, a finales de los 90, China dejó de ser una exportadora neta de energía y en el 2022 ya importaba alrededor de una quinta parte de su necesidad energética. Aunque estas cifras parecen moderadas frente a países como Japón (87%) o la Unión Europea (66%), China es hoy el mayor importador de crudo del mundo y uno de los principales consumidores de gas natural. El gigante asiático es responsable por alrededor del 25% de las importaciones globales de petróleo y uno de los principales importadores de gas natural. Para el 2024, China importó el 74% del petróleo y el 42% del gas natural que consumió. En contraste, Estados Unidos es desde 2019 exportador neto de energía por primera vez desde la década de 1950, y desde el 2018, el mayor productor de petróleo a nivel global. Esto gracias a la revolución del fracking y la expansión de infraestructura para exportar gas natural licuado. 

Por este motivo, y siendo conscientes de esta vulnerabilidad, China buscó diversificar la composición de su matriz energética para mitigar sus riesgos. Solo en 2024, China logró instalar 278 gigavatios de capacidad solar y aumentó en cerca de un 18% su capacidad instalada de energía eólica. Estos avances han sido posibles por el financiamiento de bancos y firmas de inversión respaldadas por el Estado. Según datos de BloombergNEF, las inversiones de energía limpia en China alcanzaron los 818.000 millones de dólares en el 2024. Aun así, ante la alta demanda energética de China, el país sigue dependiendo, de manera estructural, del gas y crudo importado. 

Entre 2021-2024, Pekín aumentó las exportaciones de crudo ruso de menos del 16% a casi el 20%. Durante este mismo periodo, las importaciones de gas natural por gasoductos provenientes de Rusia aumentaron del 13% al 38% y las importaciones de gas natural licuado del 6% al 11%. Ahora, estos aumentos no solucionan el problema de China, y es importante tener en cuenta que más de la mitad del crudo que importan proviene de países del Medio Oriente, entre ellos Irán. 

Según datos de Kpler, China compra más del 80% del petróleo que exporta Irán, con un promedio de 1,38 millones de barriles diarios, equivalente a entre el 13% y el 14% de las importaciones petroleras de Pekín por vía marítima a nivel global. Este petróleo adquirido por refinerías chinas pequeñas tiene un descuento de entre 8 y 10 dólares el barril, lo cual lo convierte en un insumo especialmente atractivo para una economía con una alta demanda energética. Solo entre 2021-2024, China incrementó de manera importante las compras de crudo iraní, que es redistribuido por Malasia, pasando de 12,5 millones de toneladas métricas en 2020 a 70,2 millones en 2024, un aumento del 461%.

En el caso de Venezuela, se estima que en 2025 el país sudamericano exportó un promedio diario de 642.000 barriles a China, equivalentes al 75% de los 847.000 barriles diarios exportados, según datos de la empresa Petróleos de Venezuela. Aunque, debido al decomiso de los cargamentos sancionados, ordenados por la administración Trump, esta cifra ha disminuido, Pekín ya habría logrado obtener una reserva de millones de barriles durante el 2025. Según las consultoras Kpler y Vorteza para Reuters, se estima que actualmente entre 43 y 52 millones de barriles de petróleo venezolano están en ruta a Asia, lo que sugiere que, de momento, China no tiene ningún afán de buscar un nuevo proveedor de petróleo barato. 

Ahora, el caso del Ártico es relevante para China por, entre otros motivos, los recursos energéticos y minerales. Aunque Pekín no es un país de lo que se denomina el Arctic Five —que incluye a los países con fronteras árticas como Estados Unidos (por Alaska), Canadá, Rusia, Dinamarca (por Groenlandia) y Noruega—, sí hace parte del Consejo del Ártico (Arctic Council), como miembro observador. Esto le obliga a reconocer la soberanía de estos países sobre el Ártico, pero puede mantener sus intereses estratégicos en esta zona del mundo. 

Según el Servicio Geológico de Estados Unidos, se estima que en el Ártico hay 1.669 trillones de pies cúbicos de gas natural, 44 mil millones de barriles de gas natural líquido y 90 mil millones de barriles de petróleo —la mayoría costa afuera—, además de depósitos de oro, zinc, níquel, hierro y materiales de tierras raras fundamentales para la transición energética. En estos últimos, China tiene un monopolio global que quisiera mantener como arma geoeconómica.

Estos recursos energéticos, tanto en el Ártico como en todo el mundo, son fundamentales para China. Según expertos, la demanda energética del país asiático podría aumentar en 400 teravatios por hora para el 2030, impulsada principalmente por el aumento en la construcción de centros de datos e inteligencia artificial, sectores que concentran actualmente un creciente valor económico. Solo en 2025, se estimó que los centros de datos en China utilizaron entre 150 y 200 teravatios hora de electricidad, equivalente al 15,2% del consumo total del país. 

Por este motivo, lo que busca Estados Unidos es controlar las fuentes de suministro energético. Esto es fundamental en la confrontación geopolítica de las grandes potencias, pues la actividad económica futura estará marcada por la inteligencia artificial, centros de datos y microchips, entre otros, para lo cual la soberanía energética es determinante. Por eso Washington quiere asegurarse esta ventaja estratégica, utilizando el suministro de recursos energéticos como arma geoeconómica, pues reconoce que China, en este frente, está perdiendo la contienda.

MARIO CARVAJAL CABAL

Consultor de Colombia Risk Analysis

Twitter:  @Mariocarvajal9C